Cicatrices adorables

Llevaba unas semanas en Madrid cuando accidentalmente me hice una laceración en el dorso de mi mano derecha. Con el tiempo la herida cicatrizó hasta convertirse en una fina línea que va desde la muñeca hasta el nudillo del medio. “¡No te rasques por más comezón que tengas!”, me habría advertido mi madre, pero ella no estaba conmigo cuando el maldito mosquito hizo de las suyas en mi piel.

Pensé que con el tiempo la cicatriz desaparecería. Han pasado once meses desde entonces y aún sigue allí para recordarme la desobediencia a los consejos que mi madre me repitió hasta el hartazgo en la niñez.

Lo curioso es que actualmente me encariñé con mi cicatriz, ya no quiero que se vaya, porque me recuerda con ternura mi inexperiencia durante los siempre difíciles primeros días en España, momentos en los que ni sabía cómo hacer arroz en una olla normal -toda la vida he utilizado la olla arrocera-. Pero más precisamente porque lo siento como una marca de sobrevivencia, de cómo uno se las apaña para seguir adelante, a pesar de las circunstancias y de los errores.

Obviamente no todas las cicatrices son iguales. Aquí solo me dedico a aquellas que son lo suficientemente superficiales como para convivir con ellas sin suponer un problema estético. Hablo de esas pequeñas cicatrices que son marcas indelebles de la experiencia, como si la piel fuese un lienzo donde la casualidad y el devenir marcase a su antojo líneas rectas por doquier. Y aceptarlas es una forma de reconciliarse con el pasado.

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