Lo que nadie se imagina 17

Aún recuerdo esa noche cuando ella me miró con unos ojos tan profundos como el misterio de su sonrisa. Era una noche de películas de terror. Ella había preparado desde la mañana todo tipo de bocadillos saludables.

NADA de lo que estaba sobre la mesita de la sala pertenecía a alguna empresa. TODO era tan orgánico que debíamos comerlo esa misma noche, pues yo -ignorante en estos temas- pensaba que tanta frescura hacía que las botanas (trozos de queso elaborados con leche fresca de una vaca criada con amor, pecanas y almendras de cosecha propia, manzanas y duraznos que aún tenían la hojita de la rama de donde fueron extraídos) se echarían a perder en cuestión de minutos.

Aún recuerdo bien cuando mi vida cambió con una simple frase: “¿Me puedes traer algo de agua?”.

La miré en silencio tratando de fotografiar su imagen en mi mente. Me levanté del sofá para recoger mis llaves, el teléfono y uno que otro bocadito que no terminé de comer. “Ya regreso. No me esperes despierta”, le dije antes de besar su frente en repetidas ocasiones, tratando de alargar el tiempo pegándome a su piel. La miré por última y enésima vez para no olvidarme cada detalle de su rostro. No la volvería a ver por buen tiempo.

Tomé el primer taxi disponible en la calle para dirigirme al aeropuerto. Allí me acerqué a cualquier aerolínea con un único deseo: llegar a la comuna de Vals en Suiza.

Primero tomé un vuelo a Madrid con escala en Bogotá. Ya saben, sale más barato si te tomas la molestia del transbordo. Ya en Madrid tomé otro avión con dirección a Berna, capital de Suiza. Aproximadamente fueron 15 horas de viaje en avión. Recién en Berna tomé un bus para llegar finalmente a Vals.

Pero decir “finalmente” es bastante. Primero compré ropa nueva y apta para el frío de altura. Aún seguía con mi ropa de Lima. Una vez comprada la nueva ropa, pedí el baño en cualquier restaurante para cambiarme y lavarme lo máximo posible. Felizmente tenían jabón líquido. Me sacó de un buen apuro.

Ya con mi nuevo traje, salí del restaurante evitando al mozo que esperaba en vano por mi orden. Me alejé del establecimiento para caminar y escalar -en la medida de lo posible- hasta los 1815 msnm.

Llegué en cuestión de días. No fue nada fácil alcanzar el valle: un limeño promedio acostumbrado al cerro la tiene difícil en las montañas de los Grisones. Primera vez en mi vida que había visto una fuente de agua manantial, siempre las he visto dibujadas o dramatizadas en los comerciales de agua embotellada. ¡Pero nada comparado con esta belleza!

Muy emocionado, colecto un poco de agua y la guardo en mi maleta para traerla a Lima.

Lástima que no había aviones disponibles para la fecha más próxima. Hacía mal tiempo, así que me aventuré a hacer la travesía por tierra. Primero me dirigí a Berna en bus, luego tomé un tren hasta la región francesa de Lyon y posteriormente un bus hasta la ciudad fronteriza de Toulouse. De allí crucé hasta Barcelona (España) con la ayuda de un camionero que transportaba gallinas a Tarragona. Simplemente me dejó a medio camino.

Ya en Barcelona la cosa fue más fácil… entre comillas. No tenía dinero para volver hasta Madrid, solo tenía lo necesario para el vuelo de regreso. Fue así como trabajé durante una semana de taxista humano: me encargaba de ir a las discotecas ofreciendo mi servicio de traslado personal para que los ebrios más deplorables puedan volver a casa sin necesitar la ayuda del grupo. Ya saben, es como ocuparse de la “basura” mientras el resto sigue la pachanga sin tener que preocuparse por el amigo sumido en alcohol.

Felizmente tuve dinero suficiente para volver haciendo tres escalas hasta Madrid. Ya una vez en el aeropuerto, pasé dos noches en el Terminal 4 para ahorrarme el gasto en techo.

Al fin llegué a Lima. Al fin la volví a ver. La miro con ternura y la beso tantísimas veces en la frente hasta ocasionarle una sonrisa. Ella tan linda detuvo la película que veíamos en la misma escena de cuando me despedí.

“Aquí tienes… Te traje agua”, le dije con una sonrisa de aire con suspiro

Ella me miró sorprendida. Levantó sus manitas para recibir lo que estaba sacando de mi mochila cuando pegó un grito al cielo. Estaba roja, parecía un caramelito de fresa y sus ojos se habían vuelto un poco más negro por el contraste con su piel.

“¡Pero qué has hecho! ¡Ese envase de plástico no está libre de BPA! ¿No sabes que el agua es el disolvente universal? Para eso están las botellas de vidrio…”

La miré en silencio mientras me explicaba las cosas con cierta calma y cariño en medio de mi desazón.

No tuve otra que coger la botella y echar su contenido a las plantitas que ella tanto cuida en su cocina. Me senté en el sofá en silencio -siempre a su lado- y di play a la película que no terminamos de ver.

Ella sí le prestó atención a la trama. Pero yo la miraba en silencio desde mi lado del sofá: buscaba en su piel un resquicio que mostrara mi existencia. La miré sin que se diera cuenta por durante minutos que se me hacían infinitos.

“Oh, ya acabó… ¿Qué te pareció?”, me preguntó ella.
“Pues no sé… Pero la película que ahora estoy viendo no quiero que acabe nunca”.

Sonrió. Más que suficiente.

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