“Qué sabe del amor el que no tuvo que despreciar precisamente aquello que amaba”

Hace un tiempo leí en Facebook la siguiente reflexión de Friedrich Wilhelm Nietzsche: “Qué sabe del amor el que no tuvo que despreciar precisamente aquello que amaba”. Averigüé un poco hasta dar con la frase en el libro ‘Así habló Zaratustra’, específicamente en el capítulo ‘Del camino del Creador’.

A primera vista el mensaje parece contradictorio. El amor no puede definirse mediante su relación con el desprecio, porque son dos elementos diametralmente opuestos. Temo que pensar así es peligroso, debido a los matices que existen cuando queremos interpretar algo tan etéreo como el amor. Cada quien tiene sus interpretaciones personales, nadie puede instaurar una idea de lo que es el “amor de verdad”.

Dicha situación me lleva a pensar que estamos acostumbrados a interpretar la realidad según valoraciones de cosas buenas o malas, sin términos medios. A eso se le denomina maniqueísmo, y su principal problema es la incapacidad de analizar hasta qué punto extremo puede llegar a ser el amor sin valoraciones personales.

“Qué sabe del amor el que no tuvo que despreciar precisamente aquello que amaba” invita a reflexionar sobre todos aquellos aspectos -incluso crímenes- que llegan a perpetrarse en nombre del amor. Hay aspectos emocionales que jamás podremos descubrir. Los valores excesivamente buenos acaban siendo perversos: basta con mencionar a las personas que se disculpan por sus desfachateces al decir “lo siento, es que soy muy sincera”. Eso precisamente puede ocurrir con el amor.

Lástima que la industria cultural nos ha inventado el cuento de los finales felices, de los besos eternos y de la felicidad eterna luego de los créditos. El amor no puede ser excesivamente bueno ni excesivamente malo. El amor solo “es”.

Aquí te comparto el texto del capítulo. Puedes completar la lectura en este enlace.

¿Quieres marchar, hermano mío, a la soledad? ¿Quieres buscar el camino a ti mismo? Aguarda sólo un momento y escúchame.

«El que busca, fácilmente se pierde a sí mismo. Todo aislarse es culpa»: así habla el rebaño. Y tú has formado parte del rebaño durante mucho tiempo.

La voz del rebaño continuará resonando dentro de ti. Y cuando digas «yo ya no tengo la misma consciencia que vosotros», eso será un lamento y un dolor.

Mira, es también esta misma consciencia la que dio a luz ese dolor: y el último resplandor de esta consciencia aún brilla sobre tu tribulación.

Pero ¿tú quieres recorrer el camino de tu tribulación, que es el camino hacia ti mismo? Si es así ¡Muéstrame tu fuerza y tu derecho para ello!

¿Eres tú una nueva fuerza y un nuevo derecho? ¿Un primer movimiento? ¿Una rueda que gira por sí misma? ¿Puedes forzar incluso a las estrellas a que giren a tu alrededor?

¡Ay, existe tanta codicia por las alturas! ¡Hay tanta convulsión de ambición! ¡Muéstrame que tú no eres un codicioso ni un ambicioso!

¡Ay! existen tantas grandes ideas que no hacen más que lo que un fuelle: inflan y vuelven aún más vacíos.

¿Te llamas libre? Quiero oír tu idea dominante, y no que has escapado de un yugo.

¿Eres tú alguien al que le sea lícíto escapar de un yugo? Hay quienes pierden su valor último al librarse de su servidumbre.

¿Libre de qué? ¡Eso no le importa a Zaratustra! Pero tu mirada debe anunciar con claridad: ¿libre para qué?

¿Puedes prescribirte a ti mismo tu bien y tu mal, y suspender tu voluntad por encima de ti como una ley?

¿Puedes ser tu propio juez y el vengador de tu ley?

Terrible cosa es hallarse solo con el juez y el vengador de la propia ley, como una estrella arrojada al espacio vacío y al soplo helado de la soledad.

Hoy sufres todavía a causa de los muchos, tú que eres uno solo: hoy conservas aún todo tu valor y todas tus esperanzas.

Pero un día la soledad te fatigará, un día tu orgullo se curvará y tu valor rechinará los dientes. Un día gritarás «¡estoy solo!»

Un día dejarás de ver tu altura y contemplarás demasiado cerca tu bajeza; tu sublimidad misma te amedrantará como un fantasma. Un día gritarás: «¡Todo es falso!»

Hay sentimientos que quieren matar al solitario; ¡si no lo consiguen, entonces ellos mismos tienen que morir! Mas ¿eres tú capaz de ser asesino?

¿Conoces ya, hermano mío, la palabra «desprecio»? ¿Y el tormento de tu justicia, de ser justo con quienes te desprecian?

Tú obligas a muchos a cambiar de opinión acerca de ti; esto te lo hacen pagar caro. Te aproximaste a ellos y pasaste de largo: esto no te lo perdonan nunca.

Tú caminas por encima de ellos; pero cuanto más alto subes, tanto más pequeño te ven los ojos de la envídia. El más odiado de todos es, sin embargo, el que vuela.

«¡Cómo vais a ser justos conmigo! – tienes que decir – yo elijo para mí vuestra injusticia como la parte que me ha sido asignada».

Injusticia y suciedad arrojan ellos al solitario: pero, hermano mío, si quieres ser una estrella, ¡no tienes que iluminarlos menos por eso!

¡Y guárdate de los buenos y de los justos! Les gusta crucificar a quienes se inventan su propia virtud: odian al solitario.

¡Guárdate también de la santa simplicidad! Para ella no es santo lo que no es simple. Y también le gusta jugar con el fuego – en este caso, el fuego de la hoguera.

¡Y guárdate también de los impulsos de tu amor! El solitario tiende su mano demasiado rápido a cualquiera que encuentra.

A ciertos hombres no te es lícito darles la mano, sino sólo la pata: y yo quiero que tu pata tenga garras también.

Pero el peor enemigo con que puedes encontrarte serás siempre tú mismo; a ti mismo te acechas tú en las cavernas y en los bosques.

¡Solitario, tú recorres el camino a ti mismo! ¡Y tu camino pasa al lado de ti mismo y de tus siete demonios!

Un hereje serás para ti mismo, y una bruja y un hechicero y un necio y un escéptico y un impío y un malvado.

Debes estar dispuesto a consumirte en tu propia llama: ¡cómo podrás renovarte si antes no te has convertido en ceniza!

Solitario, tú recorres el camino del creador: ¡con tus siete demonios quieres crearte para ti un Dios!

Solitario, tú recorres el camino del amante: te amas a ti mismo y por ello te desprecias, como sólo los amantes saben despreciar.

¡El amante quiere crear porque desprecia! ¡Qué sabe del amor el que no tuvo que despreciar precisamente aquello que amaba!

Vete a tu soledad con tu amor y con tu crear, hermano mío; sólo más tarde te seguirá la justicia cojeando.

Vete con tus lágrimas a tu soledad, hermano mío. Yo amo a quien quiere crear por encima de sí mismo, y por ello perece.

Así habló Zaratustra.

Foto: Marco Bellucci – Flicker. Bajo licencia de Creative Commons

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