Desde mi nave especial

La noche envuelve mi nave especial. Existe allí afuera una oscuridad perpetua, en la que se esconden el asombro por lo que aún no hemos visto. Desde el día que se cerró la escotilla, recuerdo con nostalgia mi último adiós. No hay palabras para expresar la sensación agónica de desaparecer, esta sensación de irse tan lejos como si abandonara el mundo de los vivos.

Ahora mismo soy el recuerdo de quienes me conocieron, soy el instante perpetuo, una fotografía del momento en el que me despedí, una anécdota de quien tenga buena memoria sobre mi vida. Quien soy ahora es la consecuencia de mis circunstancias: un sujeto incapaz de verse al espejo sin reconocerse, porque dejé de ser un individuo social desde el día que me conectaron a estas máquinas que me mantienen con vida a lo largo de mi viaje.

Cómo ha sido el tiempo que por momentos deseo abrir la escotilla y acabar con el oxigeno de mis pulmones. Tan solo pienso hasta qué punto el dolor causa la muerte, cuál es el umbral de resistencia física, de nervios rotos, para acabar con la vida de un hombre. Cuál es el límite, qué se siente no sentir más, llegar a ese nivel en la que las energías desaparecen y se transforman en nada, en un ser inerte, un cadáver, un objeto lleno de mierda y jugos gástricos.

Tan solo lo pienso, porque sé que no lo haré, que así entretengo mi cerebro en este viaje programado a una oscuridad infinita, porque ver las tinieblas desde mi ventana te hace creer que cualquier punto del espacio puede ser una opción. No hay que elegir si el horizonte no existe y ya sabes qué hay incluso donde observas los límites del universo: más universo por observar. Y así las magnitudes se hacen inacabables e insufribles.

Ya ha pasado tanto tiempo que perdí la noción de esta misión hacia la nada. Quizá el reporte oficial tenga el nombre de destino, pero de qué sirve saberlo si al viajero ya no le importa a dónde va. No solo las máquinas pueden automatizarse: la humanidad también tiene ese talento. Ser humano cada vez parece un problema para los objetivos de la humanidad. Qué triste e incomprensible los destellos de lucidez, acosados por la sinrazón que impera la razón, atentados por la ilógica de los fines lógicos. Es como solucionar con la muerte lo que nos quiere brindar más vida.

Maldita escotilla, quizá nunca te debiste cerrar conmigo adentro. O quizá debí aprovechar mi discurso de despedida para siempre despedirme y así nunca viajar. Pero si no hubiese elegido viajar, no estaría tan lúcido como para escribir estar líneas. Y si así me siento cómodo, con mi conciencia lúcida, ¿de qué me quejo entonces? Pues de lo egoísta que puede ser la soledad como maestra y consejera. Quizá ese sea el límite del conocimiento humano: aprender de la soledad absoluta lo que nunca podrás compartir con alguien más, porque no sería soledad si es que no tuvieras a nadie alrededor. ¡De qué sirve el conocimiento si no lo puedes compartir! ¡De qué sirve aprender de la soledad si para llegar a esta no tienes con quien compartir tus hallazgos! Se trata de un sacrificio por algo trascendente, un sacrificio muy personal y egoísta, así como la soledad misma.

Un círculo vicioso entre la nada y el todo, donde algo acaba siendo parte del vacío infinito. Así como esta nave extraviada en la oscuridad hasta convertirse en parte de ella. Delicia de naturaleza destructiva: hallándome un espacio en el desorden del cosmos.

Foto: NASA

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