Una siniestra peculiaridad

Supe que tengo una peculiaridad cuando vi el final de ‘Al fondo hay sitio’. No sigo el popular programa desde hace varios años, pero sí me dio curiosidad saber en qué acababa. No me di el trabajo de ver todo el episodio, solo me enfoqué en la escena donde muere la antipática de Isabella Picasso Maldini.

La escena fue muy comentada en redes sociales. “¡Qué terrible que haya muerto Isabella a manos de la antagonista!”, “¡Qué perversa es la asesina!”, etc. Sucede que -para mí- ese nivel de perversidad que los guionistas prepararon para el final del exitoso programa de América Televisión me parece de principiante.

“Qué asesinato para más aburrido. Gana puntos, porque lo hizo frente a la madre de Isabella. Pero si yo fuera la asesina, pues le hubiese disparado en el rostro. Así, no tendría un velorio a cajón abierto”, pensé en lo más profundo de mi siniestra imaginación.

Esta reflexión me hizo recordar un pasaje de la novela ‘Tinta roja’, del chileno Alberto Fuguet, en la que los personajes centrales conversan sobre los asesinos que aparecen a diario en los medios de comunicación. “La diferencia es que ellos lo hacen, tú solo lo piensas”, algo así iba la reflexión si no me falla la memoria.

Pienso que esto tiene tanta verdad. Resulta fácil pensar que no es así, que desde nuestra posición sabemos bien qué es lo correcto e incorrecto; sin embargo, esa reflexión no es universal, porque la experiencia individual de cada quien hace posible que las cosas más perversas y brutales tengan cierta validez. No podemos decirle al resto cómo vivir, porque nuestra experiencia nunca permitirá sentir qué piensa la otra persona para actuar de una manera determinada. Eso de “ponerse en los zapatos de otro” es una utopía.

No soy quien para ponerme en un altar y condenar al resto por las consecuencias de sus acciones. Lo que hay que evaluar realmente es la circunstancia en las que estas se llevaron a cabo. Esta simple lógica quizá te sirva para “humanizar” a los villanos de la historia universal.

A nadie le gusta ver la maldad o conocer su alcance en la vida cotidiana en forma de noticias sangrientas o investigaciones periodísticas sobre matanzas, mafias y crímenes de estado. Confieso que mi literatura diaria se basa en eso, porque entre tanta basura quisiera hallar algo de humanidad. Quizá busco inconscientemente esa pizca que me devuelva la esperanza, porque “para que triunfe el mal, basta con que los hombres de bien no hagan nada”.

Edmund Burke no se puede equivocar con esta frase. Tiene mucha razón. Lo que más mata en el mundo no es la violencia en sí, ni la perversidad de los más extremistas. Lo que mata y siempre matará es la indiferencia.

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