(Sin título)

A qué pequeña luz de esperanza es la que sigue esta prosa,
qué pequeñito punto de luz es la maestra de lo que explico
tratando de no ser entendido, queriendo pasar desapercibido
por quien domina el sendero, el horizonte, el alivio…
El alivio de no ser quien traspasa penumbras de tu incertidumbre,
las certezas que dices tener cuando dudas,
como cuando callas por los ojos lo irreversible que es el tiempo,
cuando tus manos sirven de presa a unas lágrimas
que no derramas ante mis preguntas,
cuando manejas el quinqué que ilumina mi sendero
hacia un supuesto abismo donde temes que caiga…
¿Y si caigo, a qué has de temer?
¿Y si yo temo, caerías conmigo?
Vuestra merced, parece que la justicia la imparte alguien ajeno
a dos almas que comparten una mesa, con un café frío
en los labios y una sed que colma el deseo de un beso…
Ante tu incertidumbre te pregunté,
¿por qué justos pagan por pecadores?
¿En qué recodo del camino, en cuál sendero de tus pasos
hicieron perder la honestidad ajena?

¿Qué preciso instante desencantó el encantó que ofrezco?
Pregunto, Merced, a quien lleva un quinqué hacia no sé
dónde, hacia qué puerto, hacia qué andén de las vías
de un tren que viaja conmigo y sin mí: sin la parte
en la que ahora escribe esto temiendo despedirse
de un puerto que no lo espera, de un pañuelo que no le llora.

Foto: Dominio Público

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