Hacia los 30 años y más allá…

Luego de los 25 años, hago la cuenta regresiva hacia las tres décadas de vida. No sé qué me espera, personalmente odio el número 3. Lo que sí celebro es haber dejado atrás varias maletas que ralentizaban mi viaje hacia la sabiduría que otorgan las canas.

¿Qué había en esas maletas? Temo que la violencia de mis ideologías, mis pasiones más radicales y la esperanza por la gran revolución que cambiaría… Ahora no sé cómo terminar la oración, simplemente eso quedó atrás y mis viejos amigos (quienes luego de años vuelvo a ver) me recuerdan mis tiempos de socialismo, pañoleta y cabello largo.

Quizá pienses que me convertí a la resignación que tanto denunciaba. No se trata de eso, sino de un cansancio a tantas perspectivas de la realidad que mejor es aguardar con paciencia, nunca precipitarse y analizar la raíz de los problemas. Ya no creer en derechas ni izquierdas, sino en uno mismo y en la potencialidad de los demás. Todos como una sola masa humana, sin enemigos naturales y sensible a las circunstancias que moldean las mentes más despreciables.

Toda esta sensación se traduce en una frase que suelto con cierto lamento y orgullo, y que originalmente proviene de un libro del sociólogo Daniel Bell: “El fin de la ideología”.

“En ‘El fin de las ideologías’, Bell precede a otros autores que han teorizado, desde posiciones más conservadoras que la suya, acerca del final de la dialéctica de la historia y la aparición del pensamiento único. La historia y las ideologías ceden ante la implantación universal de la democracia y de la economía de mercado”.

Wikipedia – Daniel Bell 

¡De eso se trata la vida ahora! No solo en el ámbito político, sino social y artístico. Las estructuras en las que vivíamos seguros ahora cambian y el poder (en su sentido más amplio) dejó de ser el mismo. ¿Para qué amargarse la vida defendiendo lo que a nadie mañana le interesa? Mejor es relajarse, observar la catástrofe-destructiva, sacarle provecho a lo que podamos con suma inteligencia y hallarle humor al panorama.

Ya la tengo clara, llegaré a los 30 años como la película de James Bond estrenada en 1973: “Vive y deja morir”.

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