El derecho universal a conversar

Unos días antes de viajar a Madrid, conversé con un investigador del Ministerio de Cultura que había vivido como ilegal en Japón. Lo que más recuerda de esa experiencia es el nivel de introspección que alcanzó para no volverse loco en una ciudad que no hablaba la lengua de Cervantes.

“Habían días que no hablaba. ¡No hablaba con nadie! Lo que hacía era armar conversaciones conmigo mismo en mi mente. Yo mismo me preguntaba y respondía sobre lo que veía”, me lo contó riéndose como si la soledad no le hubiese fastidiado para nada en los cuatro años, aproximadamente, que habitó en la capital nipona.

Aquí en Madrid no pensé que me iba a ocurrir lo mismo. Lo bueno es que al menos todos compartimos el mismo idioma, el problema es que no se efectúa una comunicación rica en sensaciones y en transmisiones de ideas.

Por cualquier cosa que me preguntaban en la calle, desde la hora hasta los jóvenes que me ofrecían dulces en los parques, trataba de articular una conversación fluida, porque sencillamente tenía cosas que compartir y nadie de confianza -de momento- estaba dispuesto a escucharme. ¡Sí que es terrible!

Me juré acordarme de la primera persona con quien pudiera charlar por más de cinco minutos. Para mi buena suerte no ocurrió muy lejos de donde habito en Madrid, de hecho fue a unos pocos metros. Una noche compartí mesa con uno de los inquilinos de mi piso, venía de Francia pero es natural de Argelia.

No se imaginan esa sensación, sientes cómo las tripas gritan y sencillamente no quieres dejar de hablar. Esta experiencia se debe a que no sabemos realmente cómo estamos sin la ayuda del otro.

Cuando se conversa, no solo se expresan ideas, sino también reflejos de nuestra propia situación emocional en un momento determinado. No somos conscientes de nosotros mismos sin la interacción con el otro. No sabemos hasta qué extremo pueden llegar nuestras conjeturas y reflexiones si no las vemos reflejadas en los rostros de asombro o terror del oyente.

Conversar debe ser un derecho universal, porque a nadie se le puede negar observarse a través del resto.

Foto: Arnold Lakhovsky – The Conversation

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