El comandante de Auschwitz también tenía corazón

Hace un par de semanas tuve la oportunidad de leer el diario de un verdadero monstruo. Se llama Rudolf Höss, comandante del campo de concentración Auschwitz durante la Segunda Guerra Mundial. El texto se llama ‘El Comandante’, editado por Jürg Amann, y recopila los escritos de Höss entre su prisión preventiva en Cracovia hasta su ejecución dictada por el Tribunal Popular Supremo de Polonia.

Leer la historia de Höss es sumamente interesante para entender hasta qué punto un nazi confeso colaboró con los crímenes de guerra de Adolf Hitler. De hecho, en algunas partes del libro, Höss sustenta su inocencia a partir de que solo cumplía órdenes e incluso confesó su desprecio por los guardias que abusaban de los prisioneros, porqué él mismo también lo fue en su paso por la Freikorps. Esta información bien puede ser falsa, preparada para aliviar los cargos en su contra, pero tratar de descubrir la verdad sin consultar su testimonio peca de profesionalismo.

A pesar del intento para silenciar la memoria de los grandes criminales de guerra nazis, la versión histórica de Rudolf Höss es en realidad una prueba para no prejuzgar las atrocidades del pasado, porque las ideologías no funcionan por sí solas. Estas requieren de la experiencia de los súbditos para que doten de significado a las directivas y creencias de un determinado pensamiento político, social o cultural.

La vida tiene tantas circunstancias que fácilmente podemos creer en algo que condenábamos en el pasado, porque simplemente no somos los mismos a lo largo del tiempo. Por ejemplo, Höss quería ser cura hasta los 15 años cuando empezó la Gran Guerra.

Ser consciente de que somos vulnerables abre las puertas a un universo de infinitas posibilidades. Pasamos del odio a la curiosidad para llegar a la verdad pura de una psique incomprensible. A veces nuestros valores más firmes por la vida limitan la capacidad crítica de la historia, por lo que el detalle está en separar nuestro sentido de justicia del análisis de la mente de un ser humano.

Creo que Höss exclama esta perspectiva en la última línea de su diario. “Que la opinión pública siga considerándome una bestia sedienta de sangre, un sádico inhumano, un genocida. Las masas no pueden imaginar al comandante de Auschwitz de otro modo; nunca comprenderían que él también tenía corazón y que no era una mala persona”.

 

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