El hombre del saco de yute (10)

Jano se despierta malhumorado y siente que no ha descansado lo suficiente. Aún era de noche, se veían aún las estrellas en el firmamento, pero algo extraño sucedía. Alza la mirada con sorpresa y comienza a contar las pequeñas lucecitas que tiritan sobre los árboles, los edificios y las personas que duermen cálidamente sobre sus camas, sea acompañados con el amante, el esposo, el vecino.

Nuestro personaje se levanta asustado, mastica un poco de papel que extrae de su bolsa de yute y corre hacia el policía más cercano. Corría como un desquiciado, como si no hubiese mañana. El oficial lo nota a varios metros que venía en su dirección, por lo que le grita que se detenga y que se identifique, porque presumía que lo iba a atacar.

-¡Policía, ocurrió una desgracia sobre nuestras cabezas!-, decía Jano mientras señalaba con ambas manos el oscuro cielo.

El oficial lo toma por loco y se acerca con los grilletes en las manos para reducirlo. Jano se percata de las intenciones del policía y huye a todo lugar, insultándolo por no querer ayudarlo. La bulla que hizo provocó que algunos vecinos salieran por la ventana para observar de qué se trata tanto escándalo.

-¿Qué tanto le ocurre a este loco?-, le preguntó al portero una linda joven que estaba por entrar a la puerta de su edificio. Detrás de ella estaba su enamorado que cargaba con unas bolsas de comida.
-Está gritando desde hace buen rato, no sé que tanto le pasa-, responde el portero.
-Mira, amor, no deja de apuntar al cielo… Qué habrá visto que lo tiene así-, dice el enamorado que no tarda en sacar su celular para grabar el hecho. Su pareja lo mira y se ríe de tan chismoso joven que le robó el corazón.

Luego de darse cuenta que hizo el ridículo gritando por algo que a nadie parece importarle, Jano recoge sus cosas y huye en busca de un nuevo espacio donde dormir. Andando por las entreveradas calles de Miraflores, Jano tropieza con cuanto objeto se le cruza porque no deja de ver el cielo mientras camina. “Dónde estás, dónde estás, carajo…”, grita en su mente tratando de explicarse tan extraño fenómeno.

Ya cansando de caminar, Jano se sienta sobre la vereda muy triste. Se tapa los ojos con las manos y saca su bolsa de yute para ver en su interior cuántos papeles más habían adentro. Nota que ya quedaban muy poco y se impacienta por los recuerdos que cada papelito le traía de Karem. Por dónde andará aquella niña. Jano no lo sabía y lo peor era que no sabía por dónde buscar, aunque sintiera por ella una atracción indescriptible.

Jano saca otro pedazo de papel para colocarlo en su boca. Esta vez era diferente, ya se sentía ridículo por dicha costumbre tan repetitiva, la cual es un absoluto secreto. Jano no tuvo a nadie con quien compartirlo hasta que llego Karem, eso es cierto, y ahora que ella no está, pues simplemente queda el remordimiento de haber tenido a alguien cerca con quien poder explicar sus actitudes más enfermizas, alguien con quien sentirse augusto con sus defectos más extraños e inexplicables.

Karem, en qué calle estará paseando ahora o en qué lío podrá estar atravesando. Lo difícil es no haberse despedido tras haber hecho por ella un acto tan noble de amor. La noches han sido distintas sin ella, Jano lo sabe muy bien, pero lo más terrible es saber que si se vuelven a ver, ¿cómo explicarle a ella que estuvo siempre en su mente? ¿Cómo hacer confesar al silencio?

Jano seca sus ojos de impotencia y se echa sobre la vereda tratando de dormir. Nadie más pasaba por allí, así que tomó la confianza de echarse a sus anchas, mirando el cielo con el misterio que aún late en su cerebro y unas lágrimas que ya se evaporarán por la rabia.

Las horas comienzan a afectar a Jano, sus ojos se hacen cada vez más pequeñitos y la mente comienza a obnubilarse. Todo comienza a perder sus definiciones y se convierte en una mancha amarilla, roja y gris: la última imagen visual de quienes están por caer rendidos al cansancio.

Ya adentrado en lo más oscuro de los sueños, en el que un traje morado parece enredarlo y abrigarlo mientras una mujer desnuda lo acaricia con los labios, siente pequeños tirones en el cabello, cada vez más fuerte. Estos se detienen hasta que un grito perturba el sueño de nuestro personaje, que se levanta asustado de un solo tirón.

Jano se despierta sobresaltado y mira alrededor suyo en busca de quién provenía tan agudo chirrido. Al mirar atrás, nota a un niño desnudo de cinco años sentado sobre la vereda. Nuestro personaje no toma reparos en quitarse el abrigo para tapar al pequeño engreído de cabello negro y unos ojos grandes y oscuros como dos abismos infinitos. Su piel se parecía al color de la leche mezclado con cocoa, parecía un dulce con la ternura que evoca con tan singular sonrisa.

-¿Dónde está tu mami?-, pregunta Jano algo preocupado, esperanzado de que la madre del niño esté cerca.

El pequeño alza la mano apuntando hacia una de las calles. Jano observa con cuidado y nota que no había nadie allí, le pregunta otra vez si está seguro y el niño mueve la cabeza diciendo que sí con seguridad. Extrañado por su actuar, Jano le toma la mano para caminar hacia la calle donde señaló.

.-¿Cuál es tu nombre?-, vuelve a preguntar Jano para amenizar el momento.

El niño alza los hombros dando a entender que no tiene idea al respecto. Jano está más confundido y hace una última pregunta.

-Bueno… Entonces, ¿de dónde vienes?

El niño alza la mano al cielo y Jano levanta la mirada creyendo que apunta a uno de los apartamentos de la zona. Se rasca la cabeza tratando de entender a qué se refiere. Quizá se dio cuenta de lo mismo que él hace unas horas, que falta una estrella en el cielo.

Foto: andreagen – Pixabay. Bajo licencia de Creative Commons

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