Mensaje de futuro a espera de ser leído (2)

Hola, otra vez.

Tiempo que no he vuelto a escribirte. No es porque me haya olvidado de ti, más bien todo lo contrario, solo que emocionalmente no me daba el espacio para escribirte como mereces: con toda la paciencia y estabilidad posible. Temo que estas palabras, si es que te las leo ahora, solo las escuches por uno de tus oídos, pero quería que sepan que jamás he dejado de pensar en ti.

He vuelto a ver el cielo estas noches y tu estrella no aparece siempre. Sabes algo, por tres minutos imaginé la vida contigo y con quien sería perfecta para cuidarte. La historia al detalle no te la puedo contar, aún eres muy pequeño, pero sí, por tres minutos imaginé la vida a tu lado. Los nervios no sabes cómo me invadían, así como los instantes que imaginaba a los tres por fin bajo un mismo techo. Y te hablo de nervios, no porque no crea que vendrás tan pronto sin estar preparado, sino por la angustia de querer ser el mejor para ti. Esa meta, así como toda nueva empresa que hago en la vida, me genera esa sensación por querer dar todo y nunca fallar en el intento, como mi atareado entrenamiento para correr 21 kilómetros o siempre leer un libro camino al trabajo para no desperdiciar el tiempo.

A diferencia de estudiar una carrera o aprobar un diplomado, nadie enseña a hacer uno el papel que formaré para tu vida. En esos tres minutos, echado yo en una cama-mueble, me acordaba del libro ‘El Profeta’ y me apretaba a la valentía de cargarte en unos meses. Sonría nervioso, pero imaginaba la voz fémina que te arrulle los sueños y tus figuras faciales a la hora de respirar mi mismo aire. Te soñé nervioso por el anhelo de hacerte bien, convencerme de que soy capaz de ser el mejor guía cuando siento convencido de que tengo a la persona ideal para ti.

Esta es el texto que venía rezando en mi mente.

Y una mujer que abrazaba a un bebé contra el pecho dijo, ‘Háblenos de los Hijos’.
Y él dijo:
Sus hijos no son suyos.
Son los hijos del anhelo de la Vida de sí misma.
Vienen por ustedes pero no de ustedes,
Y aunque están con ustedes, ustedes no los poseen.
Pueden darles su amor pero no sus pensamientos.
Porque ellos tienen sus propios pensamientos.
Ustedes pueden alojar sus cuerpos pero no sus almas.
Porque sus almas viven en la casa del día que viene, la cual ustedes no pueden visitar, ni siquiera en los sueños.
Ustedes pueden esforzarse por ser como ellos, pero no se esfuercen para que ellos sean como ustedes.
Porque la vida no va atrás ni se demora con el ayer.
Ustedes son los arcos de los cuales sus hijos como flechas vivas son enviados.
El arquero ve el blanco en el paso del infinito, y Él los dobla a ustedes con su fuerza para que sus flechas vayan rápidamente y lejos.
Que su torción en la mano del arquero sea por alegría;
Porque mientras Él ama a la flecha que vuela, también ama el arco que es estable.

Espero verte brillando otra vez en la noche, aunque ahora te observe con la mitad de tu luz. Pero sé que del otro lado de la ciudad, donde seguro un par de ojos también cuidan de ti, habrá alguien que escriba de mí en un cuadernito que no me mostrará. Si logras divisarla, envíale una corazonada de que tu existencia sigue tan presente como el deseo de narrarle esta carta en persona. “Y si la ves, dile que…”, dile eso, sé que se reirá un poco y por un instante se acordará de esa tarde que cantamos la referida canción, como yo me acuerdo ahora al escribir estas líneas.

Pórtate bien allá arriba,

Te ama, André

Foto: Kristoferb – Wikimedia Commons. Bajo licencia de Creative Commons

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