Periodistas, ¿los peores novios?

En más de una oportunidad pude leer que los periodistas (y escritores) no son muy buenos prototipos de novios. El informe más reciente que revisé fue uno hecho por la página femenina Belelú, basado en una encuesta a sus lectoras. La razón por la que los hombres de prensa no son los más aconsejables en el ámbito amatorio es porque “tienen mucho que leer en sus ratos libres, muchísimo, nunca es suficiente, lo cual les deja poco tiempo para el idilio. En cuanto a los periodistas, no están disponibles en fechas importantes, y se dice que están obsesionados con la verdad y que incluso son stalkers profesionales”.

Hay cosas que debería precisar, siendo yo periodista con buena voluntad de ser enamorado. Por cuestiones laborales, disponer de tiempo libre es un lujo. Muy pocos colegas, a menos que sean editores, tienen el privilegio de descansar dos días seguidos y mucho menos tener el fin de semana normal. A esto hay que sumarle los feriados inexistentes -como Año Nuevo o Navidad- y las primicias de último minuto que hacen del horario laboral más extenso. No habría mucho que agregar, pues la realidad parece algo obvia.

Por otro lado, la necesidad de leer mucho (o informarse) en los ratos libres es algo imprescindible entre los colegas. Ya hay que tener cierto amor por la lectura para el noble oficio, por lo que disfrutar de un buen libro en soledad por unas cuántas horas al día sí podría afectar a la relación. No sé cómo piensan las mujeres, pero lo cierto es que la pasión profesional en este aspecto suele requerir de un espacio en el horario que de por sí ya es apretado. Sin embargo, algo difícil de hacer entender es que esta práctica lectora no necesariamente significa desinterés por la relación, sino una actividad que suma a un logro personal.

Temo que los periodistas, con una mano en el pecho, deben reconocer cierto egoísmo en este aspecto. Así como gustamos de firmar nuestras notas y tratar de sacar el máximo provecho a los créditos de nuestro trabajo, solemos creer que el tiempo disponible es solo de nosotros. Y si lo compartimos, creemos que por más minúsculo que sea ese rato merece ser valorado millones de veces más, pues es resultado de reducir el tiempo de otras actividades personales, como leer o algún otro hobbie.

Quizá este problema no se exclusivo de los periodistas, salvo la necesidad de aumentar exponencialmente nuestro archivo periodístico mental. También pasa que mejor explicamos las cosas escribiéndolas que hablándolas, porque tenemos el tiempo suficiente para pensar mejor y corregir lo ya mencionado. Y para esto, escribir también requiere de tiempo, por lo que la exigencia de disponer de tiempo libre sería aún mayor.

Entonces, los periodistas no son malos novios de por sí, solo incomprendidos por ese afán a la soledad momentánea y las exigencias del mercado. Al menos, para diferenciar a unos de otros, habrá que discernir entre quienes tienen la buena voluntad de seguir adelante pese a estas vicisitudes.

Foto: Ulrich Lange – Wikimedia Commons. Bajo licencia de Creative Commons

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