Crónica de una experiencia ayahuasquera

Ahora sí creo en lo que antes juzgaba con escepticismo. La autora intelectual de mi experiencia de tomar ‘ayahuasca’, brebaje cuyo componente básico es la liana Banisteriopsis caapi, fue mi enamorada Karla. Ella supo de una ceremonia que iba realizarse en Miraflores por el Instituto de Salud Transcultural y Medicinas Tradicionales Amazónicas ‘Nimairama’, así que nos apuntamos sin pensarlo dos veces. Además, justo la fecha coincidía con nuestro mesario, por lo que iba a ser una experiencia original para disfrutar en pareja.

Unas 24 horas antes de la toma de ayahuasca, hicimos una especie de limpia espiritual bebiendo agua de tabaco. No creas que es tan bonito como suena, pues pasé cerca de una hora vomitando la vida en un balde para ‘sacar’ las maldades del cuerpo. Es recomendable beber, como mínimo, tres litros de agua en esos instantes para evitar que el cuerpo absorba el tabaco.

Luego de esta primera ceremonia, el alma ya estaba impoluta para recibir el brebaje de la sagrada planta curadora. Ayahuasca significa en quechua ‘soga de muerto’, pues la bebida funciona como ‘cuerda’ por la que el alma deja el cuerpo sin que éste fallezca.

Una vez dentro del cuarto donde iba a realizarse la toma de ayahuasca, me recomendaron separarme de mi pareja durante las alucinaciones para evitar estar pendiente de sus reacciones. Y así fue, ella se sentí a unos 10 metros de mi lado. El curandero comenzó a llamar a cada uno de los participantes, unas 15 personas, y sugirió que primero agradezcamos a la planta por su función sanadora en el cuerpo, hacerle una pregunta sobre lo que queramos saber de nosotros mismos y encomendarnos al dios de nuestra fe.

Al acercarme donde el curandero para beber el preparado, me arrodillé y seguí sus recomendaciones al pie de la letra. Mi pregunta era acerca de mi relación con mi padre y me encomendé a Dios como buen católico no practicante. El sabor me recordó a las galletas Pipos, pero no es tan fuerte como esperaba por su tono grisáceo. Una vez consumido el vaso, me dirigí a mi asiento, me puse cómodo y cerré los ojos para iniciar el viaje introspectivo más hermoso de mi vida.

Cerré los ojos incrédulo a los efectos alucinógenos. Víctor, el tío de Karla, me recomendó no luchar contra el poder sanador de la planta, pues el conflicto hará que sienta náuseas. Mientras mantenía los ojos cerrados, el curandero comenzó a entonar una serie de tonadas con un tambor para guiar el efecto de la planta. De alguna manera, dicha música hace que la mente no pierda contacto con la realidad.

Uno no se da cuenta en qué momento ya comienza a estar bajo el efecto de la planta. En la oscuridad que producían mis párpados, veía las figuras de ojos por todos lados observándome con sumo detalle, parpadeando y buscando mi mirada. Luego, los ojos se fueron desapareciendo progresivamente y me veía sentado en un cojín en medio de una reunión, así como una discoteca en la que bailaban hombres y mujeres. El local era oscuro y solo veía las formas que las luces de disco reflejaban sobre la masa de cuerpos. De repente, veo de reojo -siempre en primera persona- cómo se me acercan a mi alrededor invitándome a participar de la fiesta, pero en realidad no tenía el más mínimo deseo de formar parte.

Como las visiones transcurren estando siempre consciente, me preguntaba por qué veía estas imágenes que me recordaban mi pasado bohemio. Comencé a sentirme fastidiado, buscaba de reojo a mi enamorada entre las figuras, pero nunca levantando la vista para ver sus caras. En ese preciso momento, en el que la incomodidad y el fastidio hicieron que busque a mi enamorada, una de las figuras que estaba más cerca de mí comienza a desintegrarse y volverse una masa de huesos podridos. Si bien la imagen parece chocante, en realidad, venía interpretando una revelación: era testigo de cómo fallecía una etapa de mi vida a partir de las decisiones que he tomado en el presente, sobre todo al estar buscando a quien siento que me brinda paz en la actualidad.

El fastidio iba desapareciendo, las figuras comenzaron a volverse oscuras y nuevamente aparecieron los ojos negros que no dejaban de verme. Habrán pasado unos minutos para que estos se comiencen a difuminar y se muestren como dibujos de carbón sobre un lienzo blanco. Los colores empiezan a parecer y los ojos se vuelven dibujos que se me hacen muy familiar: en el tiempo que me dediqué a pintar, dibujaba ocasionalmente ojos llenos de color, pero bien escondidos en un entreverado diseño de líneas y formas. Justo esto sucedió, el ayahuasca me recordaba todos los colores y formas y líneas que hace varios años pintaba con mucho entusiasmo. Sentía tantas ganas de dibujar mis alucinaciones, sonreía muy tranquilo mientras observaba las formas más bellas que no he pintado aún bajo mi singular estilo.

Un color comienza a predominar mi mente. Se trata del verde, mi favorito. Las líneas se vuelven más suaves y comienzan a unirse para dar forma a varios árboles. Yo me sentía feliz, pues la realidad que apreciaba era como si se tratase de un dibujo infantil. Sentía todo tan bello, los colores, las formas, las líneas… Me daban ganas de mostrarle a Karla lo encantador del panorama, pero aún no la veía en mis alucinaciones, pero sí la sentía cerca.

En medio de varios árboles, iba caminando de la mano con alguien mayor. Alzo la mirada y veía a mi mamá llevándome a pasear por cualquier lado, no teníamos un destino fijo. En ese instante que alcé la mirada, entiéndase que mi figura era la de un niño, venían a mí las sensaciones pasadas de una alegría ya vivida. Sentía nuevamente toda la felicidad de lo que era mi infancia, es como reírse con el mismo ánimo de niño, pese a que ahora lo juzguemos como tonto o inmadura. Pero nada que ver, disfrutaba esa sensación como si la volviese a vivir. Mi mamá se agacha para ponerme una capucha y comienzo a correr solo entre los árboles jugando a que era un ninja (juego que en realidad me encantaba). Escuchaba las risas de mi madre mientras me divertía jugando solo como lo hacía de niño, hasta hacía payasadas para que ella se ría.

Luego de jugar con ella, ella se levanta y me toma de la mano. Yo sigo aún con la capucha en mi cabeza e intento un último juego para hacerla reír. De un momento a otro, me bajo la capucha a toda velocidad y quien me tomaba de la mano no era mi mamá, sino mi enamorada. Al notar su presencia, comienzo a besar su mano y noto que ella se ríe conmigo por lo que juego frente a ella. Noté que su humor era muy parecido al de mi madre, y sentía en ella un amor atemporal, caracterizado por mi entrega total e inocente sabiendo que ella no me hará daño, que me cuidará como el niño que llevo dentro de mí.

Tras un buen rato de juegos, mi enamorada desaparece de la escena y siento mi cuerpo crecer, pero con el corazón aún de un niño. Me preguntaba por el papel de mi padre y recordaba los malos momentos con él, mas no con pena, sino tristeza por haber sido orgulloso como para no hablarle luego de años. Comprendí que mi personalidad es así, es la de un niño que ha sido formada tanto por las cosas buenas y malas que he experimentado a lo largo de la vida. Si bien puedes atravesar por momentos duros, la personalidad que se tiene es materia pura e invariable. Mis alucinaciones me mostraban que las características de mi personalidad de niño realmente nunca se vieron amenazadas, como yo creía por la crianza de mi padre, sino que se consolidaba tomando materias negativas para madurarla. Como ser niño grande, pero no infantil.

Ahí me quebré. Lloraba bastante pidiendo gracias por la revelación, me sentía en felicidad plena. Fue en este momento que decido abrir los ojos. Noté que tenía la capucha puesta y miraba a todos sentados o echados en el suelo meditando en plena oscuridad. Alzo la mirada y veo que una sombra humana camina en medio del cuarto. Esta se detiene en los pies de un joven para luego echarse encima de él: era su ánima que había salido del cuerpo y volvía a su cascarón de carne y hueso. Sin temer a más visiones, miré alrededor para notar cómo reaccionaban los demás participantes de la toma de ayahuasca. Recuerdo bien dos cosas inquietantes que me llamaron la atención: un señor estaba sentado en el suelo mientras un ente blanco con forma humana estaba situado encima de él en su misma posición (como una persona que se sienta encima de otra) y una joven también sentada que tenía sobre su cabeza una especie de halo blanco y turbado, su rostro estaba sumamente difuso, irreconocible.

Me sentía como un niño en un hospital. Las personas que suelen tomar ayahuasca son quienes tienen problemas personales y necesitan ayuda para ver sus fantasmas. En mi caso, en realidad, disfrutaba la experiencia con suma paz interior. Cerré los ojos otra vez y mis sentidos se agudizan al mil. Podía sentir el humo del cigarro que fumaba el curandero a 15 metros de distancia con la lengua. Sentía que me asfixaba por el humo, pero en realidad no era eso, solo que mis sentidos estaban muy sensibles.

Bastó con entrar nuevamente en la oscuridad de mi mente para observar una visión más. En esta, yo estaba amenazando a alguien por el teléfono, la insultaba e, incluso, la ubiqué para golpearla debajo de un puente con rabia. Me sentía bien por lo que hacía, a pesar de que era una situación violenta. Luego comprendí la razón de esta sensación, la víctima de mis golpes era un cretino que había roto los sueños de alguien. No sé de quién precisamente, pero eso no me importaba, pues la satisfacción era cuidar los sueños de los demás. La planta me había dicho indirectamente la razón de ser de mi personalidad: así como un niño inocente en un cuerpo de grande, debo cuidar por la inocencia y los sueños de los demás.

A penas llegué a esta conclusión, en mi mente comenzó una vorágine de imágenes sobre lo que había alucinado hasta el momento, siendo la última de estas la mano de Karla que me tomaba con la ternura que una madre cuida a su hijo. Entró en mí el deseo de verla desesperadamente, de pararme en medio de la ceremonia para decirle lo que descubrí con tanta alegría de mi personalidad, ya que encontraba más pistas sobre específicamente qué siento al decirle que la amo. Sonreía sabiendo que en ella sentía un amor atemporal, la plenitud de un niño que ahora busca cuidar los sueños de ella, la libertad de desenvolverme inocente sin temer a ser herido.

Los instantes finales de las visiones se caracterizaron por mis sentidos sumamente agudizados, tanto que el olor de las hierbas quemadas creaban en mí imágenes de seres exóticos, de reyes y animales vestidos de oro y seres divinos que brillan como mil soles. Sentía que la planta se despedía en una procesión hermosa llena de su riqueza y brillantes.

Una vez terminado el efecto, el curandero me llamó para que me dirija a su lugar para cerrar la ceremonia echándome agua florida y bocanadas de humo en mi cabeza. No faltó una canción en mi nombre para terminar el proceso curativo antes de dirigirme a mi lugar en el cuarto. Miré a mi enamorada de reojo, pero ella estaba sumida en sus pensamientos.

Echado en el suelo sobre unos cojines me preguntaba si ella habrá alucinado conmigo. Durante mis visiones, me preguntaba constantemente eso, pero la duda no inquietaba mis ganas de verla en los míos. Cada vez que el curandero encendía un cerillo para encender su cigarro, miraba hacia su lado para verla y sentirme tranquilo, pero la oscuridad era imbatible.

Acabado la ceremonia, me levanté y caminé en dirección a Karla. Me siento al frente de ella y destapo mi cabeza para que me viera a los ojos. “Te vi”, fue lo primero que dije con una amplia sonrisa. Ella sonrió también y me besó para luego acostarnos en otro dormitorio junto a un grupo reducido de personas para pernoctar. La ceremonia había iniciado a las 11:00 p.m. y ya eran las 4:30 a.m.

Le pregunté si me había visto en sus sueños, ella me dijo que sí. Incluso, ocurrió algo sumamente especial. Como la planta se manifestaba en ella hablándole acerca de sus miedos, una vez acaba la ceremonia, ésta le vaticinó que yo iba a acercarme en unos segundos. Karla, incrédula a esta predicción, no pensó lo que iba a suceder al pie de la letra. Y, en efecto, el ayahuasca no erró.

El curandero señaló que en los próximos tres días habrán revelaciones ocasionalmente, pues la planta demora en salir del cuerpo. Por mientras, recomendó no comer ají, ni comer carne de cerdo, ni tener relaciones sexuales.

Ahora que escribo estas líneas, ya la planta dejó mi cuerpo, pero sus curaciones han hecho algo muy importante para mi vida, como amar tranquilo en plena inocencia como un niño y la sensibilidad de sentir los estados de ánimo del resto. Respecto a mi relación, ya que tanto Karla como yo hemos tomado del mismo brebaje, la experiencia ha servido de maravillas: cada uno ha comprendido más de su personalidad para amar sin reparos, conociendo las disposiciones de cada quién en busca de una felicidad común.

Hay que estar bien con uno mismo antes de amar a alguien, creo que esa es la gran reflexión de toda esta experiencia con el ayahuasca. Saben, hasta me dio pena sentir que se iba de mi cuerpo, pero al menos ha develado las cavidades de mi alma para dársela a quien me hace amar como un niño.

Foto: Jakeukalane – Deviantart. Bajo licencia de Creative Commons

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