El hombre del saco de yute (2)

Karem parece desenvolverse muy bien cuando no mira a los ojos a Jano, quien busca tener contacto visual para hallar su confianza, pero ella ríe como si la vista de Jano pudiera tocarla y hacerle cosquillas. El hambre de la mañana hacía sonar los estómagos de los dos jóvenes, quienes circulaban los 25 años. Jano se acordó que tiene que ir a trabajar.

-Lo siento, no tengo tiempo para caminar ahora. Debo ir al trabajo-, dijo Jano, mientras veía con apuro la caricatura de reloj que tiene en la muñeca. Siempre marca la misma hora: las 10:00 p.m.
-¿Acaso trabajas?-, preguntó ella, extrañada por cómo un sujeto como él puede tener un trabajo decente.
-Sí, mi trabajo queda en la siguiente esquina. Puedes esperarme, si quieres. No quisiera aburrirte-, dijo Jano quien corría desesperado hacia el paradero del bus.

Ella lo mira extrañado desde la misma vereda en las primeras cuadras de la avenida República de Panamá. Él permanece de pie junto a varios oficinistas y secretarias. Se pregunta por qué Jano no tuvo la delicadeza de despedirse. ¿Tan malcriado puede ser?

-¿Qué bus te lleva? Vi que han pasado todas las líneas, y no te has subido a ninguno-, insistió.
-En verdad, no me lleva ninguno. ¡Ahora sí!-, dijo Jano, saltando al medio de la pista aprovechando los cuarenta segundos de la luz roja.

El joven vagabundo hacía el ademán de quitarse un sombrero y dijo ser un profesional en el baile. A su acto lo llamó: “Aprende a bailar salsa en 30 segundos”. Tarareando una canción de salsa, Jano comenzó moverse como si tuviera a una pareja de baile imaginaria.

-Cuando tengas a la nena al frente, ya sabes, primero derecha e izquierda, y luego haces el paso de la ‘escobita’-, explicaba Jano, haciendo un sencillo paso de baile como si tuviera una escoba entre las manos y estuviera barriendo despacio. Al menos, parecía tener ritmo para los más desubicados de la salsa.

Desde la vereda, se escucha la risotada de Karem, quien acabó sentada en el piso debido al dolor de abdomen. Jano es muy profesional en su oficio: no hizo caso de las burlas de Karem para seguir su acto. Al finalizar, sumó unos siete soles. Los carros se fueron y él vio al cielo, nuevamente como agradeciendo a cualquier dios que se apiadó de él.

-¿A qué hora es tu refrigerio?-, preguntó Karem muy divertida, sin dejar de reir y aferrando el morral a su cuerpo.- ¿En dónde marcas tarjeta?-, arremetió nuevamente. Ahora sí cayó al piso otra vez.
-¡No te burles! Trabajo es trabajo, ¿no? Al menos no me la paso vendiendo…-, Jano se detuvo. No acabó su respuesta picona sabiendo que las envolturas que vende Karem no tienen pastillas para la salud. No se lo quiso decir por educación, quizás para ella sí exista esa cura milagrosa en cada pastilla invisible.
-¡Te diré que mis pastillas son las mejores! Yo no dejo de tomarlas-, dijo Karem, muy segura de la calidad medicinal de sus supuestos comprimidos. Jano se rasgó la cabeza tratando de comprender la lógica de las píldoras. Al menos, ella parecía estar feliz consumiéndolas, un pedazo de aire como si tuviera un efecto especial. Su sonrisa era hermosa, recuerda Jano. No hay mayor pastilla para la felicidad que la imagen de sus dientes siendo descubierto por los finos labios de Karem.

Jano hizo su acto unas cuatro veces en el mismo semáforo, pues decía que le daba suerte. Si comenzó bien, no hay que irse hasta que la suerte cambie. En unas pocas horas logró juntar más de 50 soles. Para pasar el tiempo, Karem vendía sus envolturas vacías a los transeúntes. A pesar de saber que no tenían nada, los peatones se apiadaban de la misma sonrisa que había aliviado a Jano. Las envolturas eran de varios colores, depende de estos lo que hace cada supuesta pastilla. Las azules son para calmar el dolor corporal; las blancas, para limpiar el alma; y las amarillas, para forzar a los mentirosos a decir la verdad. La que más se vende, según contó Karem a su nuevo compañero callejero, eran las envolturas rojas, píldoras invisibles para quienes buscan el amor. Esas se vendían como pan caliente, pero tanto que Karem se quedó con ninguna y, en sus momentos más tristes, ella no tenía envolturas rojas para consumirlas por su propio bien.

-Tengo lo suficiente para comer bien. Entre los dos, podemos ir a comer a un buen lugar-, dijo Jano, observando sus manos llenas de monedas de uno y cinco soles.
-¿En qué lugar crees que te dejarán entrar así? ¡Te falta una zapatilla!-, la risotada de Karem se hizo más fuerte, no dejaba de señalar el pie desnudo de Jano.- Eres un loco, pero no te preocupes, tengo una idea. Vamos a aquella fuente de agua. ¿Cuánto calzas?

Karem lo jaló del brazo en dirección al norte. Él trataba de seguirle el ritmo saltando de un pie muy apresurado, porque era la hora de hacer el cambio de calzado. Se le había olvidado una vez más.

Foto: Wikipedia – William Warby. Bajo licencia de Creative Commons

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