Uno es viejo de cuerpo, pero joven de espíritu

El show nocturno había acabado en la discoteca del Hotel Iberostar Taínos de Varadero, en Cuba. Disponía a salir hacia el jardín, un par de músicos se me acercaron para preguntarme si les podía hacer un favor: “¿Puedes sacarnos un trago? Es que no nos atienden por ser cubanos”.

Vestidos de traje blanco con una gorrita plana muy de salsero veterano, de unos 45 años, aguardaron en una zona oscura del gran jardín central en espera de las cervezas que les prometí. Nos sentamos en unas sillas plásticas, recién nos dimos las manos y me preguntaron de dónde era. Antes de contestarles, les dije que me habían confundido por cubano en los cuatro días que llevaba en la isla. Ellos se rieron y me dijeron que sí, que tengo todo el look de un joven renegado y el color de mi piel es lo suficientemente cálida como para confundirme entre los caribeños.

Nunca les pregunté sus nombres, solo dedicamos el poco tiempo a conversar sobre cómo era la vida en Perú, ya que seguro no tendrán ellos la oportunidad siquiera de subirse a un avión hacia el extranjero. Parecían maravillados, muy curiosos de mi tierra y yo de preguntarles, con cautela, sobre cómo eran sus vidas en Cuba.

Notaba que siempre miraban hacia sus espaldas, buscando si algún fisgón notaba que hablaban con un extranjero del hotel. Me sonrieron agradecidos por el trago y me preguntaron por la razón de mi visita. Les dije que por razones de historia, ya que soy periodista, y siempre me interesó el devenir político de Cuba, algo que quise hacer desde más joven. “¿Pero qué edad tienes?”, me preguntó el más alto de ellos, más corpulento, antes de beber su cerveza. “Tengo 24 años”, les contesté.

Las risas no se hicieron esperar, sus manos morenas se dirigían a sus bocas para tapar la sonrisa. “Todavía eres joven”, me dijeron, “¡qué dirás de nosotros!”. Los miré tratando de recomponerme por la risa. La conversación se hacía más agitada, porque entrabamos más en confianza, pero también el tiempo se acortaba: los músicos debían volver esa misma noche al pueblo de Matanzas y el bus los esperaba en la entrada.

“Uno es viejo de cuerpo, pero joven de espíritu. Eso nunca lo pierdas”, me dijo uno de los soneros antes de despedirse con un fuerte apretón de manos.

Los miré irse entre la oscuridad hasta el lobby del hotel. Me fui a la barra del mismo para pedirme el mojito de costumbre, sentarme en una mesa para cuatro y escribir en un diario de cuero que regalé a mi musa al llegar a Lima. “Joven de espíritu”, me decía en mi mente mientras el lapicero se desangraba en el papel. “Joven de espíritu”, me volví a repetir hasta detenerme en medio de una oración para comprender a cabalidad la frase: situarse abierto a nuevas experiencias, sin juzgarlas, sino disfrutarlas y aprender de ellas como si todas fueran las primeras veces, como el niño que hace juguetes con las herramientas de la oficina… o como el peruano que en Varadero sintió escribir en un pequeño papel un poema de amor en tiempos de escuela.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s