Confesión del niño de 24 años

Recuerdo haber escrito hace varios meses que la mejor manera de saber si estamos enamorados era sentirse como niño: inocente hasta los huesos y temerario al asumir los sentimientos sin mesura. Hoy por la madrugada me he dado cuenta de algo importante sobre esta reflexión: sentirse así genera emociones sumamente entrañables, como la ternura de ciertas frases cuando uno se halla frente a la niña de sus ojos.

Nunca me olvidé cómo se lo pregunté, tan descansado sobre el sofá, rozando las yemas de los dedos sobre su hombro esperando que el día tuviera más horas para no despedirme aún. “¿Te gustaría estar conmigo?”, lo pregunté tan naturalmente, que no me percaté de la carcajada nerviosa de la niña que reposaba su mejilla sobre mi pecho. Al instante me cuestioné si hice bien al preguntar eso, pero ya lo había hecho. Ella me tomó del rostro sin dejarse de reír para que lo vuelva a decir, que le pareció super tierno, aunque yo me hallaba en jaque.

“¿Te gustaría estar conmigo?”, volví a preguntar, ya sonriendo, y ella volvió a reír sacudiendo despacio el cuerpo sobre el sofá. Ya preparándome a la negativa, en mi mente articulaba las frases de conciliación, pero todo acabó siendo de la mejor manera: “Sí, André, me gustaría”. ¿No han sentido que el mundo se detuvo esta madrugada a las 12.00 a.m. aproximadamente? Si fue así, ya saben quién fue la artífice de paralizar el tiempo.

“Te parecerá tonto, pero ya estamos, ¿no? O sea, así, formalmente”, dijo ella temiendo que mi pregunta haya sido cuestión de curiosidad y no una propuesta seria. Yo tenía la misma duda que ella pero al revés: su respuesta pude asumirla como solo cuestión de gusto y no el pacto de una relación.

El mejor remedio fue la risa para matizar los nervios. “Ya, mira. Te lo volveré a preguntar, pero ahora sí mejor estipulado”, le dije. “¿Te gustaría estar conmigo, y comenzar a estarlo dentro de tres… dos… uno…?”. Ella respondió afirmativamente sin dejar de sonreír. “Ya, ahora sí es oficial, ¿no?”, volvió a preguntar, tapándose los ojos por la carcajada. Finalmente, los dos niños de 24 años reposaron la felicidad en los labios de cada uno, evitando ver el antipático reloj. A pesar de los ocho años de mi ausencia, el tiempo resulta cíclico como para sentirse nuevamente niños, ahora con la oportunidad de confesar el amor musitado con la magia de haber vuelto a la poesía gracias a ella. Te amo, Karla Echazú.

31 de marzo de 2014

Foto: Nasrulla Adnan (Nattu) – Wikimedia. Bajo licencia de Creative Commmons

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