El Miope

Los faroles de la ciudad lucen como brochazos surrealistas; los edificios, como enormes masas de cemento derritiéndose hasta las veredas. Lo único bien enfocado era el rostro de una joven con sonrisa tan brillante como los frenillos que corregían sus dientes, perlas blancas que un miope deseaba acariciar con su lengua. Este se había quitado las gafas para borrar del recuerdo la expresión energética de aquella mujer que escupía verdades tan certeras como las flechas de Apolo. Él, un enamorado sin tiempo para explicar lo que eso significa, se limitó a guardar el audio de su tragedia para olvidarla con un trago de licor, bebida que cura almas heridas.

Una vez acabado el discurso ipso facto de la damisela, el miope tuvo la ocurrencia de ponerse las gafas otra vez para simular que presta atención a lo mencionado. A pesar que las verdades duelan, la joven parecía disfrutar del encuentro, mientras que el miope se arrancaba el alma a pedazos gestulando una sonrisa uniforme y precisa. Ahora veía las cosas mucho más definidas, solo las que quería ver, como los detalles de los ojos, algunas cicatrices de espinillas mal tratadas o un lunar que hace altocontraste con una piel blanquísima.

Parecían besarse sin besarse, abrazados hasta el extremo de suspirar, pero alejados en mente, años luz entre estímulo y satisfacción plena de los deseos más salvajes. Ellos eran y no eran a la vez. Sonreían y no parecían sonreír. Se querían, pero con restricciones, y parecían amarse, pero, olvídate, esa palabra es una letanía para las razones del amor.

Nuevamente ella arremete, aclarando las brechas de una pasión correspondida a un pasado ya culminado. El miope, fiel a su estilo, se quita nuevamente los lentes para solo oír esa voz inquebrantable que amoldaba su corazón para posteriormente acabarlo de un golpe. Acabado el discurso, el miope se pone otra vez las gafas para seguir danzando con ella por las calles, como si la razón fuera la aguafiestas de una pasión no correspondida. Él, crédulo de un sentimiento sin chance a argumentarlo, atendía con mayor atención, gracias a sus gafas, cada gesto inmortalizado en el recuerdo desde la última vez que vio a su bella dama. La admiraba en secreto, callando la boca, esa misma que no busca beso y se va contra el pavimiento. El miope solo ve lo que quiere ver. El miope mira sin ver, fijado, apasionado por ese semblante, anestesiado por la voluntad de ahorrar los buenos recuerdos y hacer del desconsuelo solo un sonido echado al abandono.

El miope la acompaña hasta la residencia de la dama. Ella lo mira, él no se quita aún las gafas. “Dispara, ¿es un adiós o un hasta luego?”, preguntó el cegatón. “Es un…”, respondió ella. Claro, en esos puntos suspensivos el miope se quitó los lentes para limitarse al oído, sentir que nunca esas palabras salieron del rostro que se había enamorado. Ella volvió a su domicilio, abrió la puerta sin ver hacia atrás. Y él, con las gafas aún en la mano, caminó haciendo del resto sonidos echados al olvido, luces surrealistas de un cuadro imperfecto, la bulla solo un manojo de nervios que se mezclaban con el frío. “¡Que llueva maldita sea!”, deseaba el miope con toda rabia. No quería que los peatones lo vieran llorar.

Foto: Drew Mackie – Flickr. Bajo licencia de Creative Commons

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