Si los orgullosos supieran cuán ridículos se ven, por orgullo serían humildes

Lo peor de conocer a una persona orgullosa es soportar el argumento de sus disculpas. Una constante de este falso perdón se limita a la exaltación de un valor positivo a la ‘n’ potencia que acaba siendo negativo. Es decir, el exceso de algo bueno para acabar justificando una actitud miserable.

Hablo de las personas que nunca creen equivocarse, pese a que cometen burradas de categoría olímpica. Me refiero al orgullo que hace de la sinceridad, por ejemplo, el mejor arma para decir cualquier grosería enalteciendo su buena disposición por decir las cosas como son. ¡Y lo peor es tratar de corregir esa actitud! Tampoco se trata de mentir, sino de equilibrar las emociones para dar a entender mejor una idea sin llegar a excesos, pensando en la susceptibilidad del resto.

¿Una recomendación? Apaga el WhatsApp y corre, corre mucho.

Foto: Flickr – Bajo licencia de Creative Commons y Markus Spiering

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