El regalo de mi tío ‘cachivachero’

Poco me acuerdo de mi tío Mario Paredes Guardamino. De él me quedan los apodos que me puso por ser morenito de niño y su interpretación de ‘Drácula’ cuando se sacaba la dentadura postiza para asustarme. Era bien jodido, eso sí lo recuerdo, pero quién iba a decir que con los años tendríamos una afición en común. Lástima que recién me doy cuenta más de diez años después de su muerte. Ambos somos cachivacheros, aficionados a guardar toda antigüedad pese a su poca funcionalidad en la actual era digital.

El dormitorio de Mario en la casa de mis abuelos maternos aún mantiene sus viejos tesoros que poco a poco he ido coleccionando para no faltar el respeto a su memoria. La mayoría de objetos los rescato cuando veo que en el patio cada vez hay más cosas suyas entregadas al olvido. Unas cosas me las robo sin pedir permiso, porque mi tío tuvo una vida difícil por su homosexualidad, así que mejor es evitar discusiones dentro de la familia.

Mi última adquisición fue su tocadisco de vinilo, que estaba por ser echado a la basura debido al espacio que ocupa en el segundo piso del domicilio. Los ojos me brillaron, mi madre se dio cuenta de mis intenciones y me dijo para traerlo a la casa. Estaba con mucho polvo, parecía roto, pero nada se pierde. Este sería el segundo equipo musical de la época que guardo en mi cuarto, pese a las quejas de mi padre por tratarse de cachivaches obsoletos.

Lo enchufé con temor en la sala. Nadie parecía estar interesado, salvo mi sobrina Nicole, de 6 años, quien me veía manipulando la maquinaria. La base del disco giraba, la aguja se veía algo oxidada, solo era cuestión de probarla con un disco real. Felizmente compré hace tres años un disco de vinilo llamado ‘Una sola palabra. Ayudémonos’, dedicado a las víctimas del terremoto de 1970, sin tener la mínima idea que lo escucharía de verdad.

Todo estaba listo. Enchufé las salidas de audio a una vieja radio para utilizar los parlantes en auxiliar. Solo era cuestión de darle ‘play’. “¡Funciona!”, grité dentro de mi alma, mientras Nicole no entendía cómo la música se reproducía por la aguja. “Escucha, pequeña, así era cómo tus bisabuelitos oían sus canciones”, le dije. Tuvo que sonar el vals ‘Idolatría’, de Eloisa Angulo, para que mi madre cante desde el segundo piso, y sentir que el mágico momento traído del pasado fue un regalo de la afición de mi tío por cuidar sus viejos tesoros.

Espero que las chucherías que mi padre desea botar de mi cuarto sean el orgullo de mis nietos por saber que uno de sus antepasados fue el curador de su historia familiar. Cómo espero que ya estén grandes en un futuro para contarles sobre este tocadisco, así como la máquina de escribir de mi madre cuando era secretaria. También el reloj de pulsera que me acompañó toda la universidad, las piezas de vidrio moldeado que traje de las playas de Viña del Mar, en Chile, cuando cumplí una vieja promesa y la afición de mi tío por cuidar el pasado como si fuese un regalo del futuro.

Foto: Flickr – Bajo licencia de Creative Commons y Mayarí Schilling

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