El reto de los diez kilómetros

Hace unas semanas se realizó en Lima la carrera Nike 10K, carrera que logré terminar en una hora con diez minutos. Nada fuera de lo normal, excepto que esta fue mi primera gran carrera. Acá un recuento sobre mi experiencia.

La preparación

Faltaría a la verdad si contara que el principal motivo de mi inscripción fue precisamente eso, el reto y la superación personal. Toda la aventura empezó cuando un amigo perteneciente al 62.4% de peruanos obesos, según últimos datos del Ministerio de Salud, se regodeaba de participar. “Si este gordito va correr 10 kilómetros, ¿por qué yo no?”, pensé. A solo un mes de la carrera, me acerqué al local de Nike en Plaza San Miguel para hacer el trámite correspondiente.

Ya formaba parte de los más de 10 mil runners inscritos, era urgente empezar con el entrenamiento. Como todo principiante, no tenía claro qué hacer además de correr en el parque más cercano de mi casa, así que le pregunté Google.

Encontré algo llamado el Test de Cooper, que consiste en una prueba de resistencia diseñada por el Dr. Kenneth H. Cooper en 1968 para el ejército estadounidense, en plena Guerra Fría. Consiste en la mejora cardiovascular exigiendo al cuerpo la mayor distancia posible en velocidad constante en solo 12 minutos. Lo importante de esta prueba es la respiración: se aconseja una inhalación profunda para luego exhalar el aire en pequeñas bocanadas.

Correr no se trata solamente de ejercitar las piernas. Exige, también, trabajo en los abdominales inferiores y se recomienda trabajar brazos. Se puso de moda una serie de ejercicios en solo siete minutos, recomendada por el American College of Sports Medicine’s Health & Fitness Journal. Si tienes dificultades para cronometrar la prueba física, aquí te dejo una web que me sirvió bastante para el calentamiento previo.

Google ayudó bastante, pero faltaba el consejo profesional. Como antes de la carrera me ejercitaba en un gimnasio, la entrenadora recomendó alimentarme a base de carbohidratos (fideos, arroz, etc.), teniendo en cuenta que los quemaré con regularidad para evitar engordar.

Correr solo es algo triste si es que no tienes con quién hablar. Algo interesante que leí en el diario británico ‘The Guardian’ es que correr escuchando música mejora el rendimiento hasta en un 15%.“La música es la droga legal de los atletas”, piensa el doctor Costas Karageorghis en su libro ‘Inside sport psychology’.

El problema diario era hacia dónde correr. Dar vueltas como un trompo al parque termina aburriendo al más entusiasmado, aunque se puede intentar en los días de semana por su cercanía. Los fines de semana me daba la labor de ir al malecón de Miraflores para ir marcando mi distancia, ya que se pueden contar los metros recorridos en la vereda. Otra buena razón para correr en ese lugar es una especie de euforia colectiva. Cuando ves correr a otras personas, sientes ganas de seguir corriendo. Esto se siente aún con más fuerza en la carrera al tener la compañía de miles.

Debo resaltar que el terreno ondulado del malecón de Miraflores es mucho más exigente, pues las subidas son más empinadas. Quienes han cruzado el puente Villena en dirección a Larcomar seguro saben de lo que hablo. Además, este es un buen terreno para exigirte, ya que hacer diez kilómetros en el malecón (desde el Complejo Deportivo Niño Héroe Manuel Bonilla hasta casi el puente Armendáriz, ida y vuelta) acabó siendo más fuerte que la carrera de Nike, donde grandes tramos fueron en bajada.

La carrera

El gran día de la carrera acabó siendo una dosis de adrenalina increíble. Hay un temor constante a lo largo de la carrera: la idea de acabar último o simplemente no acabar nunca. El consejo más oído es el de correr a tu propio ritmo. Esto sí funciona, pero no quita la angustia cuando vez que miles te adelanten o la satisfacción de sacarle ventaja al que empezó despreocupado con la confianza de un maratonista experimentado. Hay que admitirlo, participar en estas carreras te hace sentir más competitivo.

El olor a Dencorub, la música a todo volumen y los más entusiastas que aplaudían como si pudieran acelerar el tiempo para ya comenzar a correr fueron los primeros detalles que junto a ti miles de personas darán todo lo posible por acabar. Siempre te preguntas por quién será el primero que cruce la meta, cómo entrenará, cómo será o qué come. Al menos, la broma que muchos corredores compartían al inicio de la carrera es cómo acabarían los 10 kilómetros sin trampas y no tanto por las posiciones, convencidos de lo que sí son posibles de hacer.

Al principio te sientes intimidado por quienes tan solo calientan a una velocidad considerable, como si estirar los músculos fuera una competencia aparte. Habían otros que luchaban cada kilómetro junto a su mascota o su hijo en un coche para bebés. No faltaron los empujones, así como las personas que cruzaban tempestivamente el camino, especialmente en las estrechas calles del Centro de Lima. La sensación más especial que recuerdo es cuando la gente te alienta a continuar sin conocerte siquiera.

Al acabar toda la carrera, sentí que el logro obtenido formaba parte de un entrenamiento más. ¿Qué diferencia que hagas 10 kilómetros corriendo un fin de semana que haciéndolo con tanta gente, salvo el polo gratis y la medalla? Al menos, es una constancia física (y una prueba) de que lo pude hacer.

Ahora, el siguiente reto será ‘La vuelta a San Isidro’. No falta mucho, son menos kilómetros que esta carrera, pero el nuevo reto es mejorar el tiempo hasta incrementar la distancia. Una carrera contra mí mismo. Finalmente, el último de una maratón es el primero de quienes ni si quiera lo han intentando.

Texto publicado anteriormente en el diario Publimetro

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