Los vestidos de una ilusión

La besé sin que ella se dé cuenta y me correspondió con una mordida en los labios, como quien marca su propiedad en nombre de la lujuria. Ella sonrió como nunca, pues nunca antes la había besado, así como nunca antes la había visto en mi vida. No sé cómo, menos por qué, esa chica desconocida correspondió a mis labios cuando la vi pasar por el malecón de Miraflores.

Ella trotaba muy deportiva en dirección al norte y yo sentado viéndola pasar mirando al sur. No sé dónde se quedó mi clásico nerviosismo, pero sí que arriesgarme a besarla valió la pena cada milésima de segundo. Lejos de saludarme con una bofetada por atrevido, ella abrió los ojos para ver dentro de mi alma desde esas ventanitas marrones que me apasionaron en menos de un minuto.

-No me digas tu nombre, por favor-, le dije antes de que abriera los ojos.
-¿Quién eres?-, dijo ella exhalando el último bocado de aliento que dejé en su boca.
-Nadie malo. Solo no me digas tu nombre para seguir sintiendo que no eres de este planeta, que eres diferente al resto de mortales que tienen nombres y apellidos.
-Pero… ¿Acaso yo no puedo saber tu nombre?
-Mi nombre es el que tú me quieras dar cuando sientas algo de mí en tu vida. Ese día, recién para ti, tendré un nombre.

Aún seguía parada frente a mí sin mayor miedo que separarse de mis brazos. Debo conseguirle algo, solo que no tengo ni una puta moneda en el bolsillo. ¿Acaso es posible monetizar los obsequios para guardar los recuerdos para siempre? Habían tiendas por todos lados, pero en ninguna nada de lo que podía comprar. Claro, a menos que sea gratis.

-Espérame, quiero regalarte algo que nunca antes recibiste-, le dije mientras corría alrededor de ella, quien no dejaba de reírse por mi desesperación.
-Creo ya tener todo, no tienes por qué molestarte-, dijo mientras me seguía con la mirada.
-¡Aquí está! ¡Cierra los ojos!-, le dije mientras cerraba sus párpados con la yemas de mis dedos. Si la suerte existe, pues esa tarde estaba conmigo.- ¡Ábrelos ahora!

Sus ojitos se abrían de a pocos, pero solo hasta la mitad, pues el resto los abrió de golpe al ver que en mi mano solo había una piedra gris.

-¿Esto es lo que me ibas a regalar?-, dijo muy intrigada por mi obsequio.
-Sí, esto es. ¿Único, no?
-¡Pero es una piedra común y corriente!-, gritó en medio de carcajadas al saber que hablaba muy en serio.
-¿¡Pero quién en toda tu vida te regaló una piedra!? Si es tan obvio que existen por montones en la ciudad, ¿por qué nadie se tomó el trabajo de darte una?

Se rió tanto que los vecinos voltearon para vernos. Ella trató de taparse el rostro para aguantar el ruido, pero le dije que no tenga vergüenza, pues nos tienen envidia ya que reímos más que ellos en este momento. Volvió a besarme con los brazos en mi cuello como si fuese a desmayarse por un instinto que acababa de nacer esa tarde.

*****

Ese mismo día, pero horas después, nos sentamos en la vereda del Parque Kennedy. Ella ahora luce un vestido floreado con girasoles que combinaban con sus mejillas pecosa, deliciosas como chocolate cuando las besas suavemente.

La miraba en silencio, admirándola por cómo observa el panorama sin dejar de sonreír. Por momentos ella voltea para preguntarme qué tanto la miro, solo atinaba a reír nervioso sin mayor comentario. Tampoco tuve tiempo como para explicárselo, pues de pronto ocurrió una pelea frente a nuestros ojos.

Un policía arrastraba a un ebrio que no dejaba de insultarlo. Muchos peatones voltearon para ver la escena y las palabrotas que el detenido espetaba sin mayor consideración a los menores.

-Sabes algo-, trato de llamar su atención para que deje de ver la pelea-, quería decirte que te quiero por la puta madre.
-¡¿Pero qué mierda tienes tú?!-, gritó en plena calle, asustando hasta a policía y al ebrio por tremendo escándalo.
-¡Qué tanto gritas, en realidad debes estar orgullosa!
-¡No seas idiota! ¿A qué clase de chica le gusta eso?
-Si te dijera por años que te amo y un día cualquiera te digo “vete a la mierda”, ¿no te enojarías inmediatamente, pese a que tantas veces antes te haya dicho lo importante que eres para mí?
-Claro que sí me molestaría…- La interrumpo con un beso para calmarla y anticipar que lo que diré tiene buen camino.
-Entonces eso significa que las palabras negativas tienen más fuerzas que las positivas. ¿Por qué no utilizarlas para algo bueno? Así se puede reciclar la mala onda de una palabrota para algo bonito.
-No entiendo…
-Solo entiende que te quiero tanto como un conchatumadre que espetarías a tu peor enemigo, así con esa misma energía, pero convertida en algo bueno.

Me abrazó muy aliviada, ya que esperaba lo peor. Pobre, creo que la hago víctima de mis arrebatos por buscar nuevas formas de expresar lo que siento. Sin embargo, parece divertirse tratando de comprenderme, como quien cuida de un niño que depositó su inocencia en manos ajenas.

*****

Ahora ella me espera en las afueras del edificio mientras yo corro por las escaleras en busca de cumplir una promesa. La noche algo estrellada en Lima preparó mi oportunidad para demostrarle de qué estaba hecho. Eran cerca de las 9:00 p.m. y mi Dulcinea aguardaba ansiosa a unas cuadras de distancia del Hotel Westin en la avenida Javier Prado. Estaba muy bella, con aquella blusa de puntitos y una falda que me dejaba boquiabierto. No puedo fallar, debo seguir corriendo por las escaleras pese a los guardias de seguridad.

Por ratos ella me llama al celular preguntándome si es que aún sigo corriendo. Le respondo muy agitado que sí, que sigo corriendo por los escalones con el objetivo de llegar a la cima del rascacielo más alto del Perú. Mi tarea no es nada fácil, ya que los guardias supieron de mí al saber que no era el turista chileno que aparentaba ser.

Fugazmente veo las señalizaciones del recinto. Ando por el piso 26 de 30, así que ya falta poco para lo que me propongo. Ella vuelve a llamarme, decido no contestar, pues los guardias casi respiran detrás de mi cuello. No creo que pase lo peor, pues mi única intención es llegar al techo. No robo nada, solo la oportunidad de estar por encima de todos los limeños por unos minutos. Suena el teléfono otra vez. Lo mejor es no desesperarla.

-¡Qué tanto quieres probar! ¡Ya baja, idiota!- Me grita por el teléfono muy desesperada sin tener idea de lo que trato de hacer.- La policía está aquí. ¡Esto va a acabar feo!
-Tranquila. Ya casi. Me falta solo un piso más para llegar exactamente al techo. ¡Te dejo, debo forzar la puerta!

Mi cuerpo embiste la puerta de metal. Logro abrirla de un buen golpe que me lesiona el hombro. Escucho los pasos y lisuras de los guardias de seguridad del hotel. Piden refuerzos sin dejarme de amenazar. Nada importa, dicen, cuando se trata de hacer lo que quieres.

Ahora sí, ya casi llegan. Me apresuro en subir encima de algunos conductos de ventilación para estar cada vez más alto. ¡Debo comenzar ahora, sino nunca podré otra vez!

-¿Oye, chiquillo, se puede saber qué mierda estás haciendo?- Grita muy cansado el guardia de seguridad. Posa sus manos sobre sus rodillas para descansar la fatiga.
-¡Acaso no ves! ¡Solo déjame seguir intentando!-, le digo mientras salto cada vez más alto exactamente parado en el mismo lugar con los brazos extendidos hacia el cielo oscuro.
-¡Este huevón se quiere suicidar, que alguien llame a los bomberos!-, grita un segundo guardia que acaba de llegar al techo.
-¡Nada que ver, es todo lo contrario!-, digo mientras salto cada vez más alto con la misma pose que nadie parece entender.

Llegó la policía de rescate por el ascensor, momento en que mis intentos dieron por acabado. Personal de la PNP me bajó del sitio con un par de carajazos y unas esposas muy frías en mis muñecas. Me llevaron a la comisaría más cercana, lugar donde la mujer de mis delirios apareció para que abogara por mi libertad. Todo quedó resuelto con tres billetes de cien y uno de cincuenta.

-¡¿En qué pensabas, quieres pudrirte en la cárcel?!-, decía muy desesperada, casi hasta las lágrimas. La asusté mucho, ahora me siento algo culpable.
-Lo hice por ti, pero no quería que te pongas así-, paso mis manos sobre sus mejillas frías para borrar sus lagrimitas.
-¿Qué tanto querías lograr?
-Traerte una estrella. No tengo mucho dinero para una nave espacial y menos contactos en la NASA como para que me ayuden…
-¡Ya, dime a qué quieres llegar!-, me corta tajantemente sabiendo que suelo redondear las cosas para que suenen bonitas.
-El punto es que estando en el último piso del edificio más alto del Perú puedo decir que me ubiqué lo más cerca posible de cualquier intento para bajarte una estrella entre los limeños que habitan esta ciudad. Salté algo de 30 cm, no es mucho, pero debes sumarle la altura del edificio como para decir que sí lo intenté.

Ella me miró desconcertada sin mayor comentario que un largo suspiro y una sonrisa que parecía inacabable. Su pequitas se veían más oscuras bajo la luz anaranjada del farol. Decidimos irnos a comer algo para aliviar el susto con algo dulce. Todo parece indicar que yo invitaré, pues pagó mucho dinero por mi libertad. Lo que ella no sabe, pienso, es que realmente ahora me siento doblemente libre: por estar fuera de la carceleta y por expresar mis arrebatos de cariño sin el más mínimo temor.

*****

Hacía cada vez más frío en las calles de Barranco. Ella posa su brazo sobre el mío y acomoda su rostro sobre mi hombro como si lo acariciara con la mejilla. La besaba en la frente sin dejar de decirle que estaba hermosa, que su jean oscuro combina con la noche, así como su polo rosado con un búho de anteojos con su personalidad cotidiana.

Caminábamos sin destino aparente, jugando a pisar tres veces cada cuadrante de la vereda y metiéndonos zancadillas para hacernos perder. Lo que ella no sabe aún es que perdía a propósito para verla siempre feliz cuando ganaba.

No recuerdo cuánto tiempo pasó para darnos cuenta que nos ubicábamos en medio de casas abandonadas en calles muy oscuras. Unas eran más viejas que otras, pero todas muy despintadas como si las paredes se cansaran de abrigar familias dentro del inmueble.

Ella, siempre calurosa, no trajo un abrigo y digamos que mis brazos no son tan gruesos para taparla con mi piel, pese a que fuese mi intención. Me acerqué donde estaba la puerta más cercana de una vieja casa anaranjada, que apenas cerraba el interior con un candado oxidado. No tardé en romper la cerradura con una piedra para que entremos sin miedo a ser arrestados por intrusos a propiedad privada. En realidad, quién se tomaría la molestia si es que nadie parece cuidar de estas residencias que dejaron de ser hogares para ser guaridas de ladrones, drogadictos y prostitutas.

-Sé que esta no es mi casa, pero me gustaría que lo fuera, pues así comenzaríamos algo en un espacio que guardó las frustraciones de familias pasadas-, le dije mientras la jalaba hacia el interior. Se veía una especie de sala pequeña con varios sillones rotos de aspecto muy colonial.
-Pero si esta casa está toda vieja…- Me dijo pisando muy delicadamente los escombros que caían del techo.
-Ven-, le cojo las manos y las acerco a mi pecho. Le cierro los ojos con un beso en cada párpado para hacer más oscura la noche en su mente y contagiarla de mi pasión-. Escucha solo mi voz…
-Dímelo…- Lo dice como si exhalara un suspiro que logro respirar, la única manera física de sentirla dentro de mis órganos y lo más próximo al corazón.
-No veas esta casa como rezago del pasado, sino como un cimiento para algo nuevo. Dime que no temes comenzar de nuevo o que ya te cansaste de volverlo a intentar, pues si bien la casa te parece la misma que otras, aún no le das la oportunidad para que sea diferente al resto.

Abrió sus ojos de par en par. Sus pequeñas ventanas del alma me miraban con algo de miedo y un poco de precaución, como si guardara en ella una pasión placentera que puede llegar a quemarla si no es controlada por unas manos que en verdad la amen. Me respondió con el silencio para ponerme a prueba qué tanto sé de ella para interpretar sus gestos, pese al poco tiempo que la conocía. Su misterio me cautiva, pero me inspira a seguir descubriéndola. Ella esconde un tesoro que deseo descubrirlo.

-Siéntate aquí. Tan solo espérame-, le dije acercándola a un viejo diván rojo que estaba apoyado junto a un gran ventanal lleno de polvo. Me alejo en dirección a la puerta que estaba en frente de ella. Parece impaciente.
-Buenos días, mi señora. He aquí el desayuno, ¿cómo amaneció esta mañana?-, le digo mientras le acerco una charola de plata algo oxidada y unas tazas rotas.
-¡¿Qué estás haciendo?!-, dijo ella muy divertida, tapándose la boca con las manos para no exhibir su sonrisa a tanto polvo.
-Sé que no sé preparar tostada francesa. Sé que lo digo siempre, pero siempre te gustan y me dices que soy un tonto con buenas intenciones-, le digo mientras bajo las cosas en el suelo.

No deja de repetir que estoy loco mientras me alejo de ella para llevarle un supuesto periódico formado de puro papel tapiz caído de las paredes. Piso fuerte con mis zapatillas el apolillado suelo de madera para hacer sonar mis pasos en toda la casa.

-Escucha, se acaba de despertar la pequeña Casandra-, le digo mientras miro el techo como si su cuarto quedara en el segundo piso de la casa. No se me ocurrió otro nombre por alguien a quien solo ella y yo podíamos ver esa noche, tal como una canción de Sui Generis.
-¡Pero qué nombre! Me gusta, es raro, pero lindo para una niña-, dijo entre risas moviendo sus pequeños pies ante mis ocurrencias-. ¡Escucha como sigue caminando con sus piecitos!
-Espera, pero si yo…- Ella volteó para notar inmediatamente que estaba arrodillado atándome las zapatillas.

Recuerdo que no terminé de atarme los cordones, pues tuve que correr detrás de ella para tranquilizarla. Su miedo a lo predecible resultó más que mi temor a no atender a Casandra en caso de quedarse sola en casa esa noche.

*****

Las estrellas parecen un universo muy limitado si es que llegas a ver la espalda de ella. Su cantidad de pecas me provocaban unir imaginariamente aquellos puntitos para ver si mi vida está escrita en su piel. Repaso mis ojos por el reloj. Son las 11:43 p.m. y ella yace ahora con el mejor vestido que Dios le pudo haber dado, su dermis desnuda sobre una cama de un hotel.

La veía echada de espalda como si durmiera profundamente bajo una confianza infinita al saber que no le haré daño. Paso mi dedo índice por cada peca para dibujar figuras, formas, palabras y frases en busca de hallarme en ella para que ella también se dé cuenta que habito en alguna parte de su cuerpo, un inmenso mapa en donde pretendo escribir con ayuda de la imaginación.

Ella voltea de momentos para acomodar su largo cabello, me mira como esperando un beso y mis manos frotan su espalda como quien percibe la calidez de un alma con la yema de los dedos. Suspira un poco para luego romper el silencio preguntándome que le hable sobre algo. Lo que no sabe es que en esos momentos hablaba con lo más profundo de mí para contarle sobre ella y cómo llegamos a este lugar tras unas copas para quitarnos el susto de la vieja casa. Hablaba de ella conmigo mismo y a través de ella hablo sobre mí.

La beso en los labios para seguir en silencio, callo sus palabras con mi boca para seguir describiendo el placer que va más allá de lo físico o de lo hormonal. Suspiro sobre su cuerpo para tallar en ella mi aliento en sus venas, hago de ella un lienzo de arena donde puedo repasar mis manos haciendo surcos en su piel. Siento cómo sus piernas se mezclan con las mías, como si danzáramos entre sábanas al ritmo de los latidos.

La admiro observándola a través de mis ojos cansados como buscando una ruta para no perderme ningún centímetro de su piel en mis labios. Repaso con ellos cada pliegue de su cuerpo como si me alimentara de tan solo oler la ambrosía de los dioses.

Sus gemidos tras cada caricia bosquejan su pasión deliberada, el goce que escucho cada vez que cierro los ojos por instantes infinitos. Cada vez que eso pasa, cuando exhalo las tripas de mi alma frente a ella, siento pánico. Lo admito y lo sé. Pánico del más sincero por miedo a dormir y perder horas de mi vida sin poder tocarla.

Han pasado menos de 24 horas. Las cifras no me apoyan si es que no me crees lo que siento, solo que aún no inventan aquella palabra para explicarte todo esto y menos aún para quien ahora reposa en mi hombro cansada de mi silencio. ¿Cómo gritarte a través de los ojos si estos se cierran antes de besarte?

Me pregunto qué hace falta para congelar el tiempo para hundirme en su calma actual, en aquella sensibilidad que la hace feliz conmigo ahora antes de que el Sol vuelva aparecer, trayendo consigo la incertidumbre de quién será ella al despertar. ¿Quién será mañana? O peor aún, ¿quién seré yo para ella cuando vuelva a verme? Cómo no puede ella dormir con los ojos abiertos para ver a quien sueña estando despierto a su lado.

Son las 11:45 p.m. Tan solo pasaron dos minutos y ella me pregunta para que inicie la conversación nuevamente. Se había quedado dormida por poquísimo tiempo. Me pide que encienda la luz del dormitorio.

-Espérame que busco el interruptor… ¡Ya está, dormilona!

*****

El Sol brilla sobre mí como un gran foco que acaba de ser encendido. Sigo todavía en el malecón de Miraflores con varias bolsas con ropa en mis manos, cada una de ellas con vestidos de diferentes modelos y ocasiones.

-¿Dónde estabas? ¡Sabes que tienes que llevar la ropa donde la señora García!-, dijo la voz de mi jefe, que se dedica al comercio de ropa exclusiva. Yo soy el encargado de entregar las encomiendas en las casas de los clientes.- El vestido floreado de girasoles debe estar en su destino dentro de 30 minutos y la blusa de puntitos en La Molina dentro de hora y media. ¡Qué diablos esperas!

Apagué el celular y solté las bolsas con ropa para ver si ella aparecía nuevamente en medio del panorama. La tarde se volvió noche y la noche, madrugada. El frío comienza a calar en mis huesos sin atreverme a abrigarme con la ropa de quien antes lució en un sueño mío.

-Disculpe, señorita. ¿Le queda este vestido?-, le dije a una joven mientras esperaba el bus en la avenida Larco, cerca al Hotel Marriot.
-¡Aléjate idiota de mierda!-, gritó desesperada, un frase que logré escuchar tantas veces que ya ni me ofende cuando trato de hallar quién puede lucir los vestidos que adornaron un sueño.

La búsqueda me demandó poco más de un mes, tiempo necesario para que los vecinos me apodaran de formas crueles ante mi terquedad. Caminando por las aceras me iba dando cuenta que quizás debo dar chance al tiempo para que sea efectivamente tiempo en mi vida, y que no todo es tan inmediato como arropar a alguien con los vestidos de una ilusión para que mágicamente se vuelva la mujer que espero.

Tener los vestidos preparados para ella era lo único que tenía, lo único que parecía importarme, y ahora son solo trapos que recuerdan mi egocentrismo por un amor ideal que no siempre corresponde a la realidad. Y es que los ideales no son más que sueños para terminar enamorándose de uno mismo, algo que ella me enseñó estando en ausencia.

Abandoné las bolsas con los trajes hilados de ilusiones perfeccionistas en un jardín, las dejé junto a mi reloj para que el tiempo pase apurado sin que me dé cuenta y caminé sin rumbo abrazando la oscuridad para sentirme menos misterioso que el destino que me espera.

Si pienso en ella, pues sí, precisamente en cada silencio o punto ciego del panorama en el que mi mirada tropieza con mi mejor sonrisa. Pienso en ella mientras ando con una piedra en el bolsillo para regalársela el día que se enamore de quien esperó su llegada durante meses. Será entonces cuando agradeceré su regreso no como la continuidad de una ilusión, sino como el nacimiento de una nueva realidad.

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