El dilema del niño en la cristalería

Hay días que me siento como un niño en una cristalería: un torpe inocente que teme romper cosas por sencilla casualidad. Específicamente percibo esta sensación cuando conozco a alguien y no sé cómo actuar para mostrar lo que siento, pese a que actúe con mucha sinceridad.

Esta sensación de niño en una cristalería me recuerda mi anterior publicación sobre el número perfecto para no ser stalker, pues recurrimos a ciertas estrategias para no insistir demasiado en conocer a una persona.

Sentirse como un niño en una cristalería es regresar a las primeras impresiones para sorprendernos de todo, aunque parezca repetido. Volvemos, de alguna manera, a ver el mundo con inocencia y sin miedo a desconfiar en el resto, pese a las experiencias negativas de la vida. No obstante, dicha sensación también se relaciona con el temor de no ser comprendido por los demás, quienes no están en sintonía con tu manera de pensar.

Imagina que el niño eres tú en tu forma más inocente y curiosa, pero bien intencionada, y que los objetos en la cristalería son tus relaciones con las demás personas. Cuando deseas moverte entre dichas figuras transparentes, temes romper algunas pese a que solo quieras contemplarlas. Unas figuras son más frágiles que otras, por lo que no sabes cómo tratar con cada una de ellas y temes partirlas cuando tratas de acercarlas a ti.

Qué dilema, si lo piensas bien, es atender en todos los sentidos a las personas que te importan, pero al final resultas quebrando su paciencia pese a tus buenas intenciones.

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